A Miguel, que serenó la vida
con unos ojos grandes y lentos.
No tengo nada que ver con este joven poeta,
que sólo conocí una noche en la que se podía
ver luz debajo de mi puerta.
En el borreguillo de mi chaleco de pastor se quedaron las palabras de mi niñera
Que siempre me decía que lo importante era la vida serena.
Pero, sinceramente, no soy todo lo que pude haber sido
Si hubiese hecho caso a los anuncios de pasta de dientes y colonias de niño:
Un almohadón de suave licor para ir directo al éxito del papel satinado.
Nunca he conquistado salas de póquer con una mirada arrebatada en desafío,
No he doblado la esquina despistando al miedo nuestro de cada día,
No he faltado a ningún mandamiento de la casa del pueblo,
Ni he robado gallinas al todopoderoso hombre del dinero.
Qué me ha quedado de mi tímida voz que clama en el desierto,
Qué me espera después de mi limosna de tiempo a los pocos que quiero,
Quién alcanza el país de la vida sin pasar por la oficina de “Muero por dentro”,
Dónde fueron los que ayer estuvieron bailando a mi puerta,
Cómo es el cielo de los que callan por fuera para gritar por dentro,
Qué me falta para encontrar la dicha del que escribe y espera,
Qué me falta, porque todo esto lo he cumplido desde pequeño.
Pamplona, 6 de noviembre de 2009